lunes, 11 de mayo de 2015

El pájaro azul (Capítulo 3)

 CAPÍTULO 3

“Dime, ¿Qué clase de pájaro eres tú?”

Moonrise Kingdom


Abre los ojos 15 segundos antes de que suene el despertador. Estira lentamente el brazo y lo coloca justo encima del botón que apaga la alarma. El reloj apenas tiene oportunidad de gritar su molesto canto matinal. Recoge el paquete de “Ducados” de la mesilla mientras se incorpora, se lleva uno a los labios sacándolo directamente con los dientes del paquete. Fuma por la misma razón que sigue poniendo la alarma sin tener que hacer nada por la mañana, por rutina. Apenas tiene 20 años y ya se le nota en la mirada que está harto de la vida. Parece haberse resignado al devenir de los días y haber tomado la decisión de dejarse llevar, de no poner de su parte para evitar esa monotonía. La rutina le parece algo bueno, cree haber vivido lo suficiente, pese a su corta edad, para estar seguro de que saber por adelantado como va a terminar el día es la mejor razón, y posiblemente la única, para levantarse.

Se viste despacio, no lo esperan en ningún sitio. Coge su chupa y su guitarra y sale de su piso. Cierra antes con llave la puerta, han robado 2 veces en lo que va de mes en el bloque. Al bajar las escaleras huele el café recién hecho que viene del piso de su casera, la señora Dolores. La puerta de su casa está abierta. Entra sin preguntar. La señora Dolores sonríe al verle y le sirve una taza. Él se calienta las manos con la taza mientras la casera le cuenta todos los cotilleos del edificio. Pese a tener ya más de 80 años la señora Dolores se conservaba bastante bien. Tiene pisos por todo el barrio, no cobra un alquiler excesivamente alto, tiene dinero de sobra, y alquila los pisos solo para estar ocupada y para poder charlar con los inquilinos cuando se sintiese sola. Dicen en el barrio que la señora Dolores en sus tiempos era la Madame de uno de los burdeles más exclusivos de la ciudad, que se codeaba con la gente de las más altas esferas, y que así consiguió la fortuna que tenía. Otros dicen, siempre en voz baja, que la señora Dolores fue en realidad la esposa de uno de los capos más grandes del estado, y que al morir éste en un tiroteo ella asumió el mando, siendo incluso mucho más sanguinaria y cruel que su marido. Fuera como fuese, a él le gustaba su casera, y no hacía caso de las habladurías de la gente. Ella lo invitaba a café todas las mañanas y le perdonaba los retrasos con el alquiler cuando iba más justo, a veces incluso, le permitía que pagase arreglando cosas de los pisos que alquilaba, se le daba muy bien arreglar cosas. Él no era muy hablador, pero le gustaba escuchar las anécdotas de la anciana, y a ella le encantaba que le escuchasen, por eso hacía café todas las mañanas, a pesar de que ella no lo bebía.

Se despide de su casera y sale a la calle con su guitarra. No tiene un destino fijo. Simplemente anda por las aceras mirándose los pies, paseando su guitarra por la ciudad. Termina entrando en el metro. Allí saca su instrumento de su funda y la deja abierta en el suelo. Busca en sus bolsillos algunas monedas y las deja dentro de la funda, hace tiempo que se dio cuenta de que a la gente le cuesta ser la primera en reconocer que algo es bueno, pero en cuanto uno lo hace los demás se montan rápidamente en el carro. Afina su guitarra a conciencia. Se toma su tiempo. Cierra los ojos. Y empieza a cantar “I walk the line”. Desde el primer momento el joven se transforma, ya no es el pobre desgraciado que se levantó 15 segundos antes de que su despertador sonase, en ese momento es Jonhy Cash. Él nunca lo ha visto, solo ha escuchado la canción en radio, pero, sin saberlo copia todos sus gestos, sus movimientos, su forma de coger la guitarra… Termina y viene el turno de “Heart of gold” y el chaval se transforma Neil Young. Y así sigue durante horas, poniéndose en la piel de “Eric Clapton”, haciendo creer a los presentes que “The Creedence” ha bajado al metro a tocar, haciendo suya la dura voz de “Tom Waits”. Hasta que finalmente llega a su favorita, aquella canción que hizo que algo cambiase en su interior, aquella canción por la que afina toda las noches su guitarra, por la que la pasea a diario por la ciudad.
“Blowin’ in the wind”.
Termina y recoge las pocas monedas que la gente le quiso otorgar. Mete con cuidado su guitarra en su funda y sale del metro. De vuelta a la calle se acuerda de aquella historia que le contó la vieja Dolores. La historia del primer violinista de la orquesta sinfónica de Londres. Gente de todas partes del mundo venían a verlo tocar y pagaban fortunas por escucharlo. Él, harto de tanta adulación, disfrazado de mendigo bajo una tarde a la estación de tren, sacó su violín y se puso a tocar para los viajeros. Personas de todas partes del globo pagaban fortunas por oírlo tocar, aquella tarde, en hora punta, reunió 27 céntimos. Cuentan, que cuando se dio cuenta de lo que realmente valía su talento, se montó en el primer tren que salía de la estación dejando atrás, para siempre, Londres y su violín.

Él, gracias a su truco de dejar algunas monedas en su funda, había conseguido algo más de 27 céntimos. Pero no paraba de darle vueltas a la historia, no creía que el violinista reuniese tan poco dinero por no tener talento, si no por estar en el lugar equivocado, se puede pensar que cualquier sitio y cualquier momento es bueno para disfrutar del arte, pero es falso, hay un momento y un lugar para todo, y un buen artistas en un mal sitio, puede ser repudiado sin piedad. Cuando quiere darse cuenta ha llegado a la estación de tren. Sabe que no tiene nada de valor en su piso, nada que quiera mantener en su vida. Se monta en el primer tren que aparece en la estación. No tiene ni idea de a dónde va, pero en cuanto el tren empieza a moverse, tiene el claro pensamiento de que ha pasado demasiado tiempo en el lugar equivocado.
Al día siguiente un despertador suena en un piso vacío. La señora Dolores espera con la puerta abierta y el café recién hecho, hasta que el café termina por enfriarse y la señora Dolores comprende, tristemente, que alguien que se hacía llamar “Pájaro Azul” no podía estar quieto en un mismo lugar durante demasiado tiempo.


Peraltucho

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