domingo, 18 de enero de 2015

El pájaro azul

Introducción

Hace tiempo que no escribo nada nuevo, por lo visto es un problema bastante común entre los escritores. Por "suerte" he ido tirando de escritos antiguos que tenía guardados, y repasando esos escritos he dado con uno con el que disfruté bastante. Era un proyecto diferente, aspiraba a ser una novela larga, algo que reuniese todos mis referentes culturales (libros, canciones, películas, series, etc...) y juntar todos esos elementos en una historia escrita por mi. Escribí un par de capítulos y lo abandoné, no porque no me gustará, si no porque no sabía como continuar la historia. Al releerlo me volvió a conquistar la historia y decidí continuarla. Hay algunos capítulos ya escrito, así que os garantizo que durante unos meses iré colgándolos por aquí (junto con nuevos escritos si me llega la inspiración). Espero que disfrutéis de mi "intento" de novela (titulada "El pájaro azul"), y que (para variar) os animéis a dar vuestra opinión en los comentarios.

¡Que os vaya bonito!



CAPÍTULO 1

"Hay un pájaro triste en mi corazón que quiere salir, pero soy muy listo. 
Solo le dejo salir por las noches, a veces, cuando todo el mundo duerme.
Le digo: Sé que estás ahí, así que no estés triste.
Después lo vuelvo a guardar. Pero el está cantando allí dentro.
No lo dejo morir del todo. Y así dormimos juntos, con nuestro pacto secreto.
Y es lo suficientemente tierno para hacer llorar a un hombre.
Pero yo no lloro. 
¿Y tú?"

Bluebird - Charles Bukowski



Hubo 3 acontecimientos importantes aquel día. Según un reciente estudio en el mundo nacen una media de 367.472 niños al día, pero aquel día solo nació un niño. Ese es nuestro primer acontecimiento importante. Según el mismo estudio, mueren una media de 153.652 personas cada día, pero aquel día solo murió una persona, por primera vez en la historia de la humanidad, el balance entre nacimientos y muertes quedó a cero. Ya tenemos nuestro segundo acontecimiento importante. Pese a que en el mundo viven 7.204.584.659 personas, nadie se percato de los dos acontecimientos anteriores. Nuestro tercer y último acontecimiento importante del día ocurrió en la ventana de la habitación 307 del hospital Virgen de Lujan, situada en la tercera planta de dicho edificio, donde casualmente nació el único niño que nacería aquel día, y donde se posaron de manera simultánea y durante todo el parto de la criatura, 27 pájaros azules. A diferencia de los anteriores acontecimientos, este si fue observado, y por más de una persona, concretamente fue observado por 2 enfermeras, un médico, la madre y el padre del muchacho que iba a nacer, la futura abuela del muchacho (que técnicamente no llego a ser abuela porque murió de un ataque al corazón cuando vi los 27 pájaros azules que se posaron en la ventana simultáneamente), el equipo de paramédicos que intentaron reanimar a la futura abuela (que al final no llego a ser abuela) y por una niña que deambulaba por el hospital (al que había ido para visitar a su hermano, al cual habían ingresado para operarlo de las amígdalas).

Los padres del chaval habían vivido toda su vida en el pueblo. Nunca se habían amado. Se casaron porque sus padres acordaron que así sería. Ellos no conocían otro estilo de vida, y aceptaron sin rechistar aquel acuerdo. Se casaron con 21 años. En su noche de bodas hicieron el amor. Como ninguno de los dos terminó muy satisfecho con la experiencia, y dado que no se amaban ni se deseaban, decidieron que solo mantendrían relaciones sexuales en sus respectivos cumpleaños, en el aniversario de su boda y los 29 de febrero (qué es la vida sin caprichos). Durante 27 años ella no se quedó nunca embarazada. Lo cual fue un alivio para los dos, pues ninguno de los dos quería descendencia. Pero ocurrió que 27 años después de casarse, con 48 años, ella quedó embarazada y 9 meses después, frente a la atenta mirada de 27 pájaros (ya es casualidad) tuvo a su primer y único hijo. Al haber crecido en un pueblo pequeño, ambos eran muy supersticiosos. Habiendo nacido su primer hijo en aquellas circunstancias, con la cosa de los dichosos pájaros azules y la muerte de la casi abuela, no se les puede culpar por pensar que su hijo había llegado al mundo entre malos augurios y puede que con la ayuda del mismísimo Satanás. Su padre, para asegurarse, hizo examinar al niño por 3 curas diferentes, los cuales exorcizaron al chaval (cobrando por supuesto una considerable suma por los materiales y el tiempo utilizado para cada uno de los exorcismos). Aún así, los padres no quedaron convencidos y pensaban que su hijo moriría pronto, por lo que decidieron no ponerle ningún nombre hasta estar bien seguros de que no se moriría.


A pesar de que sus progenitores no fueron ningún modelo de paternidad, no se puede decir que al niño le faltase nunca de nada (salvo quizás un poco de cariño y amor). Tenía todas sus necesidades cubiertas, lo cambiaban cuando lo necesitaba, le daban de comer cuando tenía hambre, incluso una vez por semana lo montaban en un carrito y lo sacaban de paseo. Al poco tiempo, los padres se dieron cuenta de que, aunque no le pusieran un nombre oficial, debían llamar al niño de alguna manera para que pudiese obedecer a algunas órdenes básicas. En el pueblo todo el mundo conocía la historia de cómo el niño había llegado al mundo, y todos se referían a él como “El pájaro azul”. Como sus padres no iban muy sobrados de imaginación decidieron usar ese apodo cuando no les quedase más remedio que referirse al chaval, cosa que no ocurría a menudo, pues, al estar seguro de que su muerte era inminente y que llegaría de una forma horrible, oscura y sobrenatural, no querían encariñarse mucho con su retoño. Pasaron los meses y resultó que el pájaro azul era un niño más inteligente de lo normal. Con apenas un año, cuando los demás niños se esforzaban por mantener erguida su cabeza y luchar para sobrevivir, el pájaro azul ya andaba y sabía hablar, aunque esto último nadie lo sabía, pues nadie le dirigía nunca la palabra y el no sentía la necesidad de decir nada.

En el momento en el que sus padres se dieron cuenta de que el pájaro azul era capaz de andar y de entender perfectamente todo lo que le decían, su único cometido como padres pasó a ser alimentarlo 3 veces al día. Por lo demás lo dejaban caminar a sus anchas, sin ningún tipo de norma ni de restricción. Así que se dedicaba a pasear por el pueblo y observar a sus habitantes. Al principio a algunos les chocó el ver a un niño tan pequeño caminando libremente por las calles sin ningún adulto vigilándolo, pero cuando lo reconocían dejaban de preocuparse (todo el mundo sabía que aquel niño no era normal). Con un año y medio descubrió la escuela. Era demasiado pequeño para que lo pudiesen matricular (aunque de haber tenido la edad necesaria sus padres no se hubiesen molestado en matricularlo), así que simplemente entró en el edificio, abrió la puerta de un aula y se sentó al final. Los profesores, al reconocerlo en sus clases, no se molestaban siquiera en hacerlo salir, sabían que no era un niño normal y asumían que no tenía otro sitio a donde ir, así que actuaban como si no existiese. Los otros niños tampoco le hacían caso, lo trataban como parte del mobiliario. El hecho de que no hablase y que apenas se moviese de su sitio al final de aula no ayudaba a que los demás alumnos se interesaran por él, pero tampoco era su objetivo. Cuando cumplió los dos años ya había aprendido a leer y pasaba las horas en la escuela leyendo todos los libros que había en ella.

A los 3 años había leído todos los libros que había en la escuela y había aprendido las nociones básicas de matemáticas (todo ello sin haber pronunciado una palabra en su vida). Desde que aprendió a leer sentía un hambre atroz de conocimiento. Necesitaba leer y conocer cosas nuevas. Cambió la escuela por la biblioteca pública. La biblioteca no era gran cosa, su catálogo era bastante escaso. Contaba con una colección de los mejores autores de la historia, un par de diccionarios, una enciclopedia ilustrada de 12 tomos, un libro sobre la música, un par de ellos sobre mecánica básica, otro sobre física y una biblia. Tardó un año en leer todo aquello (incluido el diccionario). Se levantaba todos los días a las 7, desayunaba y se sentaba en la puerta de la biblioteca hasta que abría. Pasaba allí todo el día, tomando solo un descanso de media hora para comer un pequeño almuerzo.

Cuando terminó con todos los libros de la biblioteca decidió poner en práctica los conocimientos que había adquirido desmontando todos los aparatos que encontraba y montándolos de nuevo. Le gustaba ver lo que había dentro de los objetos cotidianos y tenía una facilidad innata para descubrir cómo funcionaban y reparar o mejorar su funcionamiento. Cuando los habitantes del pueblo se dieron cuenta de lo que era capaz de hacer empezaron a llamarlo para reparar toda clase de aparatos, desde televisores hasta coches, pasando por maquinillas de afeitar o relojes… La gente le pagaba lo que podía, el nunca pedía nada a cambio (de hecho nunca hablaba), pero la gente cuando veía su trabajo sentía la necesidad de compensarle de alguna forma. La mayoría le daba algo de dinero, a él nunca le interesó el dinero, no había tenido necesidad de usarlo, tenía 4 años, un lugar donde dormir, y 3 comidas diarias, no necesitaba el dinero para nada. A él le encantaba destripar aquellos aparatos y arreglarlos, con que le dejasen ver el interior de sus posesiones se sentía de sobra remunerado, pero sabía, que de no aceptar el dinero podía ofender a la gente, así que aceptaba el dinero y lo guardaba todo en un viejo tarro que escondía en el fondo de su armario. Fue gracias a esta afición por arreglar cosas lo que le permitió conocer a Bob Dylan.

Un día el dueño de un pub del pueblo lo llamó para que arreglase su vieja Jukebox, hacía años que no funcionaba. El dueño había llamado a 5 profesionales diferentes al cabo de los años, pero ninguno consiguió que volviese a sonar. Al escuchar las hazañas del joven prodigio lo llamó enseguida con la esperanza de que pudiese arreglar su querida máquina. Le costó toda una tarde desmontar pieza por pieza la Jukebox, cada vez que quitaba una la inspeccionaba minuciosamente, la limpiaba con cuidado, y la dejaba con delicadeza en una vieja manta que había extendido previamente en el suelo. Poco a poco la manta se fue llenando de engranajes, tornillos y demás piezas, todas ellas limpiadas y ordenadas por tamaño de una forma casi enfermiza. Cuando terminó de desmontarla solo quedó en pie el armazón de la máquina, y el suelo del pub estaba completamente lleno de piezas de la máquina todas alineadas perfectamente. Cuando el dueño vio aquella estampa estuvo seguro de que aquel niño de 4 años, por muy genio que fuese, no sería capaz de volver a encajar todas las piezas de su querida Jukebox.

Le llevó toda la noche pero cuando amaneció la máquina había resucitado. Parecía recién salida de fábrica. El dueño no podía creerlo. Se acercó a la máquina y pulsó A1. Dentro, el mecanismo que con tanto esmero había reparado el pájaro azul, cogió el disco seleccionado y lo puso en el tocadiscos, acto seguida la aguja bajó lentamente y de los altavoces salieron, por primera vez en años, los acordes de “Blowin’ in the wind” acompañados por la ronca voz de Bob Dylan. Durante 2:48 min no existió en la mente del pájaro azul nada que no fuese aquella dulce canción. Había leído sobre música, se había hecho una idea de lo que podía ser, pero hasta ese momento, nunca había escuchado nada parecido. Durante 2:48 min fue consciente, por primera vez en su vida, de cuan feliz podía llegar a ser.

Para saber cómo llegó la canción de “Blowin’ in the wind” a la Jukebox tenemos que retroceder 43 años. El dueño del pub acababa de instalarse en aquel pequeño pueblo. Acababa de llegar de Inglaterra y quería montar un pequeño pub como los que había en la isla con un dinero que había heredado inesperadamente. Durante meses trabajó duro para arreglar un local que había comprado y decorarlo a su gusto. En aquel entonces el dinero no le llegaba para comprar una Jukebox y tuvo que conformarse con un pequeño radiocasete. Cuando por fin terminó de arreglar el local a su gusto preparó una gran fiesta de inauguración. Todo el pueblo pasó por allí. Todo el mundo bebió, cantó, bailó y disfrutó como nunca. El dueño era de esa clase de persona que caía bien a todo el que conocía sin tener que esforzarse. Tenía algo en su forma de hablar y de moverse que te hacía pensar que podías confiar en él ciegamente. Aquel primer día fue el augurio de un gran porvenir para el pub. Cuando todo acabó, bajó las persianas hasta la mitad y se dispuso a limpiar el local. Se acordó entonces del pequeño radiocasete y sintonizó una emisora al azar. Sonaba en aquel momento “Norwegian Wood” de los Beatles, canción que gustaba especialmente al dueño. Fue barriendo al lento son de aquella música. En un momento dado escuchó un ruido procedente de la puerta, fue hacia ella dispuesto a comunicar a quien estuviese al otro lado que el pub había cerrado. Pero lo que encontró al otro lado fue a la mujer más bella que jamás había visto. La miró a los ojos y quedó mudo. Supo al momento que aquella mujer sería el amor de su vida. Y en ese preciso instante sonó “Blowin’ in the wind”. Pasaron los años y aquella misteriosa mujer que llamó una noche a la puerta de su local terminó convirtiéndose en su esposa. Cuando tuvieron dinero suficiente (lo cual no tardó mucho en suceder pues el pub iba de maravilla) compraron una Jukebox. La modificaron para que la primera canción de la máquina fuese aquella que sonó la primera vez que se vieron. Además hicieron que esa canción pudiese sonar sin necesidad de pagar por ella, como regalo a las futuras parejas que se conocerían en aquel pub. Durante 33 años vivieron felices. Luego ella tuvo un accidente de coche. Murió en el acto. Cuando él se enteró de la noticia se encontraba en el pub. Estaba tan cabreado que se lió a golpes con la Jukebox. Desde entonces la máquina no había vuelto a emitir sonido alguno y él no se había atrevido a escuchar “Blowin’ in the wind”. Hacía 10 años de aquello. Durante ese tiempo había intentado arreglarla, pero nunca lo había conseguido, pensaba que era cosa del destino, que era una señal que le decía que no volvería ser feliz, que no volvería a escuchar ninguna respuesta en el aire.


Por eso, cuando pasaron aquellos maravillosos 2:48 min, el dueño de bar no pudo más que romper a llorar y abrazar al pájaro azul mientras balbuceaba palabras de cariño y agradecimiento. Sin embargo, la mente del muchacho estaba muy lejos de aquel pub, se mecía con el viento de aquella canción, no sabía inglés, y por lo tanto no entendía la letra, pero si sabía que algo dentro de él había cambiado, y que no volvería a ser el mismo nunca más. Por primera vez en su vida deseaba poder abrirse a sí mismo para verse por dentro y entender cómo funcionaba y de qué forma aquellos 2:48 min lo habían cambiado para siempre.


Peraltucho